VII. El Clown: A cargo del germen de la imperfección y la rehabilitación
Porque claro, cuando llevas décadas programado para ser un engranaje perfecto, donde tropezarse con el cable de la impresora era considerado un acto de sabotaje industrial o un desperfecto técnico que ameritaba despido, mandarte un cagazo te generaba un colapso mental brígido. La gente pedía asistencia psiquiátrica si derramaba una gota de café sobre el escritorio o si se exponía ligeramente al ridículo.
El Clown no te contaba chistes, porque para eso estaban los Juglares con sus pendrives clandestinos, ni te enredaba con literatura cuántica como el Jester. El Clown trabajaba exclusivamente con la vulnerabilidad. Era un prevencionista de riesgos del alma, pero al revés, su pega era enseñarte a fracasar con gracia.
Su método principal era lo que en el Hysteria Inn denominaron como "Terapia de Exposición". Imagínate una sala de rehabilitación paaavre, forrada entera en cajas de huevos. El paciente entraba tiritando, con la cara rígida y el Clown, camuflado con el uniforme de un oficinista promedio (pantalón de tela y camisa fome dentro del pantalón), y usando una ridícula prótesis esférica y roja en la nariz, se paraba frente a él sosteniendo una torre de carpetas o una simple bandeja con vasos de agua.
Y entonces ocurría el milagro: el Clown daba tres pasitos, se pisaba de forma magistral sus propios cordones, y se sacaba la reconchesumadre contra el suelo, desparramando todo lo que andaba trayendo.
El cerebro del paciente, calcificado por el Tratado, entraba en pánico. Los niveles de cortisol se disparaban y esperaba que sonaran las sirenas del Ministerio y que entraran los pacos de la Productividad a llevarse a este pobre wn defectuoso. Pero no pasaba nada. El silencio de la sala seguía intacto. El Clown se levantaba lentamente, se sacudía y miraba al paciente a los ojos, y en lugar de rellenar el formulario triplicado de "Disculpas por Ineficiencia Cinética", simplemente se encogía de hombros, parpadeaba exageradamente y emitía un ruidito weón con la boca. Un simple y liberador "Upsi", con una irritante cara de ternura.
Ese "Upsi" era devastador. Un misil nuclear directo a la línea de flotación de la Seriedad Absoluta. El Clown les enseñaba empíricamente que cagarla no era el fin del mundo, que la torpeza no era un crimen de Estado, sino el último resabio de la libertad individual.
En la fase dos de la rehabilitación, los pacientes tenían que aprender a tropezarse ellos mismos. Al principio lloraban de la pura angustia, los músculos se les acalambraban de tanto resistirse al error. Pero semana a semana, guiados por este clínico de la estupidez, aprendían a botar lápices al suelo a propósito, a ponerse los calcetines cambiados de color, a pegarse en el dedo chico del pie con la pata de la cama y decir "chuta, me equivoqué" sin sentir que se les iba la vida en ello.
A diferencia del Joker, que operaba rostros, el Clown operaba el ego. Su misión era agarrar a esos ciudadanos robóticos, estresados y aterrados por la perfección del Tratado, y devolverles el derecho fundamental e inalienable de ser, de vez en cuando, unos majestuosos y torpes humanos imperfectos.
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