V. El Loco: A cargo de la paradoja del sistema
El Loco era el único habitante libre del Tratado; no tenía prohibido reír como los demás. Esto se debía a que el sistema lo veía como un equipo averiado. Gracias a ese vacío legal, se volvió el guardián de la realidad. Mientras la gente "normal" se apagaba en su seriedad, él recorría las calles gritando verdades matemáticas mezcladas con bromas extrañas (delirio mesiánico le decían al principio). Era el único capaz de denunciar que el sistema fallaba o que el Alto Canciller no era más que un programa incapaz de notar sus propios errores.
Se reconoció que lo que antes el Ministerio de la Conformidad llamaba "falla de procesamiento" o locura, era en realidad una variante necesaria. Lo que los manuales antiguos etiquetaban como Trastorno del Espectro Autista (TEA), evolucionó al concepto de Condición del Espectro Autista (CEA). Se entendió como un sistema operativo distinto y muy preciso, que no se dejaba engañar por las normas sociales impuestas.
Mientras las personas comunes debían fingir y ocultar sus emociones para cumplir con el Tratado, las personas con CEA mantenían una honestidad absoluta. Estos individuos, antes vistos como errores, fueron finalmente valorados como seres humanos. Precisamente por no encajar con la mayoría ni seguir ritmos sociales falsos, su supuesta "incapacidad" para socializar se convirtió en su mayor mérito para ser incluidos.
Su falta de interés por los rangos y jerarquías no era una debilidad, sino una protección contra la mentira del gobierno. Las crisis por exceso de estímulos, que el Estado llamaba cortocircuitos, eran en realidad alarmas exactas frente a un entorno lleno de ruido administrativo y contradicciones de las normas sociales
A través por ejemplo del hiperfoco, el Loco organizaba el mundo con lógica pura. Cuando señalaba los fallos del algoritmo que gobernaba a todos, no intentaba rebelarse ni burlarse. Simplemente describía un error en el sistema con la frialdad de un analista, revelando algo que el resto estaba condicionado para no ver.
El Estado entonces hizo lo que mejor sabía hacer: desprestigiar al Loco por ser un inútil en la sociedad. Estos tipos jamás iban a cumplir el mandato de todo ser humano: ser el héroe de clase trabajadora, bien portado, entregado al sacrificio de su labor. El Loco pudo salir del sistema pero con el costo enorme de pasar desapercibido. El Estado obligó a todos a ignorarlo. El Loco podía vivir entre nosotros, verborrearse la vida si quería, pero por ningún motivo alguna de sus rarezas podrían ser tomadas en serio, quien siquiera le prestara un cuarto de oído a sus factos innecesarios era considerado traidor.
Cuando el Tratado llenó los días de pura abulia, y la Resistencia de estos payasos empezó a agarrar vuelo, los Locos pasaron de ser sujetos intrascendentes e incluidos a la fuerza, a ser los líderes visibles de dicha Resistencia. Ninguno de los soldaditos (Joker, Wasón, Juglar, Jester, Payaso, Clown, Wag, Arlequín, Albardán, Fool o Zany) pudo encabezar la lucha, pues ellos no estaban exentos de las reglas del Tratado al no tener el sagrado diagnóstico de TEA o CEA. Por eso, todos los que querían rebelarse debían hacerlo a contracorriente, como en la típica piratería: fuera del sistema.
Así fue que terminaron refugiándose y actuando bajo la protección de estos impredecibles "Locos". Los que usaron su escuálido derecho para llenar a las ciudades de piratas payasitos, como los que hemos relatado ya y los que seguirán apareciendo en este jueguito narrativo.
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