Mientras el mundo se comunicaba mediante protocolos binarios de eficiencia, y donde los unos y ceros (que constituían el nuevo lenguaje universal) habían empezado a flaquear como herramienta única de comunicación, el Juglar recuperó la tradición oral. Estos wachos eran nómades que transportaban la base de datos de los chistes clásicos pero codificados en baladas de apariencia jocosa.
En este punto de la historia, el Sinestesiador fue introducido como invento frente a la dictadura del Tratado de la Seriedad Absoluta de 2032, el lenguaje verbal era insuficiente para romper el adormecimiento del protocolo binario, y mucho ayudó la aparición de lenguaje cuántico, que por esos días ya dejaba de sonar como una herramienta incomprensible por cualquier hijo de vecino, pero esto viene en otro capítulo, cuando introduzcamos a los Jesters en esta historia.
Los Juglares diseñaron y ensamblaron los sinestesiadores clandestinos, unos dispositivos capaces de forzar al sistema neurológico a traducir un paquete mínimo de información, en una experiencia física y sensorial absoluta. Explicado en simple, inventaron una máquina para maximizar el impacto de su unidad de combate: la emoción, el arte y el absurdo.
Estos soldaditos marginados descubrieron una obra musical, un álbum llamado Blackstar publicado en el 2016, que significó la primera obra encriptada de la historia, elaborada para detonar cuando el ser humano fuera capaz de decodificarlo.
Blackstar no era un sólo un disco más, sino un código encriptado, el primer ensayo de resistencia diseñado para ser comprendido décadas después de su lanzamiento. Al aislar y procesar este disco comprendieron el poder de cruzar los sentidos humanos sin estupefacientes (convertir un sonido en cosquilla, olor, sabor o color).
Cuando se hacía pasar el Blackstar a través del sinestesiador, la pieza operaba como un virus perfecto. La abstracción sonora colapsa la red de eficiencia y se materializa en modo sinestesia: por ejemplo, el saxofón se transforma en una sensación de agujas frías perforando la nuca, y la percusión en un sabor a cobre quemado. La sobreestimulación sensorial inducida por el disco demostró a los Juglares que un fragmento mínimo de imperfección humana tenía la fuerza necesaria para sobrecargar el sistema, convirtiéndose en el elemento original con el que fabricaron sus herramientas de sabotaje.
Los nómades Juglares conectaron la base de datos de chistes clásicos (ocultos en baladas populares de todas la culturas y microculturas que pudieron encontrar) a amplificadores sinestésicos. Un chiste antiguo de pocos kilobytes se decodifica en las calles no como texto o audio, sino como un cosquilleo incontrolable en el sistema nervioso colectivo y un repentino olor a pólvora dulce, colapsando la productividad ciudadana mediante una parálisis de risa táctil.
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